Julio llegó como una primavera en pleno invierno. Así se viven los anuncios de gira del Seco, con el corazón acelerado y la sensación de que algo importante estaba por pasar.
De pronto, lo que parecía una utopía empezó a afianzarse en la realidad en un grupo de WhatsApp: “Un sueño que se va de fiesta”.
Hubo momentos en los que pensamos que el sueño se nos escurría entre los dedos hasta que una videollamada inesperada y luminosa nos devolvió la ilusión.
El viaje empezó mucho antes de subir al avión, charlas interminables, ansiedad compartida. Guatemala dejó de ser un punto en el mapa para pasar a ser una promesa, una llamada imposible de ignorar.
Largas tardes fueron testigos de nuestra incansable búsqueda, de mapas abiertos, pantallas encendidas, direcciones anotadas y el deseo firme de encontrar los caminos que nos llevarían a seguir el hilo de su historia.
No perseguíamos solo un destino, sino una historia que ya empezaba a pertenecernos.
Porque hay viajes que no se eligen: te eligen y cuando eso ocurre no queda otra que dejarse llevar.
Cruzamos la aduana de Guatemala con tantas ganas, miedos? ninguno!
El mercado central nos abrió sus puertas como un latido vivo de la ciudad, entre colores intensos, aromas que se mezclaban con olor a naftalina, voces que iban y venían, nos sumergimos en una escena cotidiana y vibrante. Allí, entre artesanías, sabores y miradas sinceras sentimos el pulso auténtico de la vida guatemalteca: cercana, generosa, profundamente humana. Fue otro de esos momentos en los que el viaje dejó de ser recorrido para volverse experiencia.
Ver a Ricardo hacer residencia en su tierra fue una experiencia irrepetible. Antes incluso de que la música comenzara, en la antesala del Asturias, todo estuvo pensado y puesto por él para que la espera se vuelva emoción, fue también ahí donde entendimos que el viaje ya nos estaba transformando.
Tener a Ricardo tan cerca fue una experiencia difícil de poner en palabras, pero vamos a intentarlo…
No fue solo verlo, fue sentir su presencia vibrando en el aire, escuchar su voz sin filtro, percibir cada gesto, como si el escenario se hubiera achicado, convirtiéndose en su hogar, para regalarnos una intimidad inesperada.
Pero antes de llegar al teatro hubo algo más… ese día caminamos sus pasos, recorrimos su historia, con respeto, casi en silencio. Sus vecinos y amigos, sus casas: la de la calle 23, la de zona 18, el club Leones. Como olvidarlo, lo encontramos en todas partes!
Llegamos a Antigua, que nos recibió con una calma distinta, como si supiera exactamente lo que estábamos buscando. Antigua tiene esa forma suave de abrazarte, en el sonido de sus calles empedradas, en la paz que imponen sus parques, en la memoria viva de sus ruinas.
Cielos soleados, temperaturas perfectas, la amabilidad y calidez de su gente hacen que allí el tiempo baje el ritmo y el corazón se ensanche.
Visitamos también Jocotenango, el municipio que lo vió nacer. Un lugar sereno, de calles tranquilas, casas bajas, con colores gastados por el sol. Allí sentimos la presencia de una identidad viva, arraigada, que explica mucho de su sensibilidad y su manera de habitar el mundo.
Desde Antigua, el camino nos llevó a Panajachel . El Lago Atitlán nos recibió con su serena inmensidad, rodeado de volcanes. Visitamos San Juan y San Pedro de la Laguna y Santiago de Atitlán. En cada pueblo sentimos que la cultura Maya no es pasado, sino presencia viva. Sus rituales cotidianos siguen latiendo con una fuerza silenciosa, las lavanderías Mayas, “El Santo escondido: el Gran Abuelo”. Conocer su historia fue una experiencia que nos atravesó, no solo por el misterio que lo envuelve, Sino por la devoción sincera con la que es honrado, por el respeto profundo hacia lo ancestral. En ese encuentro, tan distinto a todo lo que conocíamos, algo se abrió: entendimos que estábamos siendo parte de una espiritualidad que no se explica, se siente. Y ahí frente al lago, volcanes y creencias milenarias, la emoción volvió a desbordar.
De Antigua emprendimos el regreso a Guatemala con el cuerpo cansado y el alma llena. El camino se fue desplegando entre curvas y paisajes que parecían acompañar nuestros pensamientos. Silencios compartidos y miradas cómplices, la esperanza se renovaba en una nueva búsqueda: volver a encontrarlo, otra vez en el escenario.
Y entonces ocurrió, llegó la noticia que terminó de sellarlo todo; boletos en mano para el 8 de noviembre. El concierto iba a ser la última noche antes de volver, como broche de oro de este viaje. No podía haber mejor despedida, entendimos que el viaje se completaba ahí. La última noche nos encontró agradecidas, emocionadas, conscientes de que todo había sucedido como tenía que suceder. Entre abrazos, música, lágrimas felices y sonrisas infinitas.
Gracias Guatemala por tanta belleza.
Gracias Ricardo por tu música y tu magia.
Gracias al Noti, que nos acompaña siempre en los laberintos del tiempo, con su cariño y su apoyo incondicional.
Delegación Rosario – Silvina Sánchez, Sabrina Cozzoni, Cristina Maggi, Silvina y Cintia Polenta.